El domingo 18 de octubre un grupo de socios de CEA recorrió con guía el eje que Carlos III y sus arquitectos dibujaron sobre Madrid. Fueron dos horas a pie, de la Puerta del Sol a la Puerta de Alcalá, por una parte, de la ciudad que la UNESCO inscribió en 2021 como Patrimonio Mundial con el nombre de Paisaje de la Luz.

Salimos de la plaza de Pontejos, a espaldas de la Real Casa de Correos. Carlos III mandó levantarla entre 1766 y 1768 y es el edificio más antiguo de la Puerta del Sol. En 1847 pasó a ser sede del Ministerio de la Gobernación, y la reforma que vino después, con el derribo de varias casas a su alrededor, dio a la plaza la forma semicircular que conocemos. Hoy alberga la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Frente a su puerta está desde 1950 la placa del Kilómetro Cero, origen de las seis carreteras radiales.
Desde allí bajamos hacia el Paseo del Prado. Donde hoy pasan los coches había en el siglo XVIII una vaguada a las afueras, el prado de los Jerónimos. En 1767 el conde de Aranda encargó a José de Hermosilla convertirlo en un paseo urbano, el Salón del Prado, y Ventura Rodríguez diseñó las tres fuentes que lo ordenan: Cibeles y Neptuno en los extremos, Apolo en el centro.
Las dos primeras las conoce cualquier madrileño. La de Apolo, en cambio, pasa casi siempre desapercibida, aunque esté justo en medio. También se la llama de las Cuatro Estaciones por las figuras alegóricas que rodean el pedestal: la primavera lleva un cesto de flores, el verano un haz de espigas y el otoño un racimo de uvas. Manuel Álvarez, “el Griego”, empezó a tallarlas en 1780 y la estatua de Apolo que remata el conjunto es de Alfonso Giraldo Bergaz. La obra se alargó tanto que no se terminó hasta 1802, ya con Carlos IV en el trono.
Alrededor del paseo, Carlos III fue colocando las instituciones científicas de la Ilustración. Allí están el Real Jardín Botánico; el gabinete de ciencias naturales que Juan de Villanueva proyectó en 1785 y que acabó convertido en el Museo del Prado; y el Observatorio, también de Villanueva. Ciencia, naturaleza y paseo público formaban un mismo plan, y ese conjunto es precisamente lo que reconoció la UNESCO.
El recorrido terminó en la Puerta de Alcalá, que Francesco Sabatini levantó por encargo de Carlos III y que se inauguró en 1778. Sustituía a una puerta anterior más modesta y cerraba la ciudad por el este, en el camino hacia Alcalá de Henares, de donde le viene el nombre. Es un arco de granito con cinco vanos: los tres centrales para carruajes y los dos laterales, más pequeños, para quienes iban a pie. Tiene además un detalle que muy pocos notan: sus dos fachadas no son iguales. La que mira hacia fuera, la que veía quien entraba en Madrid, es la más decorada y lleva el escudo real. La que da al centro es más sobria. La explicación más extendida es que Sabatini presentó al rey dos versiones y el resultado final combinó elementos de ambas.
Gracias a todos los socios que nos acompañaron en esta mañana de domingo.
