Siempre me ha llamado mucho la atención la capacidad de concentración de algunos deportistas: el jugador de béisbol para batear, el portero de un equipo de fútbol cuando le van a chutar un penalti, o el tenista que espera el saque del contrario para devolverle pelota que le llega a 200 km/h.
Estaría exagerando de forma escandalosa si tratase de comparar a estos jugadores de élite y su capacidad máxima de concentración, con la que se necesita para conducir un coche con seguridad. Pero sí creo que la capacidad de reacción es siempre proporcional al grado de concentración que mantengamos durante la conducción.
El jugador de béisbol debe tener el bate correctamente sujeto con las dos manos y en la posición de espera adecuada; el portero abre los brazos y mantiene el equilibrio flexionando los pies y las rodillas en continuo movimiento. También el tenista gira de forma constante la cintura mientras sujeta la raqueta en una posición determinada y mantiene el equilibrio moviéndose sobre la planta de los pies; es decir, siguen una técnica aprendida sin la cual fracasarían.
Cuando vamos mal sentados ante el volante, confundiendo el puesto de conducción con el sofá del salón, con un brazo
colgando por fuera de la carrocería, con el cigarrillo o el móvil en una mano y la otra apoyada en cualquier punto del
aro del volante no somos conscientes de que para realizar una maniobra rápida, para esquivar un peligro, ya le estamos
concediendo al accidente el tiempo que necesitaríamos para evitarlo.
Un automóvil es una masa suspendida que, circulando, permanece en constante movimiento, y ese movimiento, de balanceo (movimientos de su eje lateral) o cabeceo (movimientos de su eje longitudinal) y los desplazamientos de masas que se producen al acelerar, al frenar, o al cambiar de dirección, son los mismos que percibe nuestro cuerpo y, a su vez, los que nos permiten "sentir" en todo momento el comportamiento del vehículo y anticiparnos a un patinazo.
Ocurre lo mismo con el tratamiento que damos al volante, ya que éste nos transmite en todo momento sensaciones que tienen que ver con el contacto de los neumáticos con la vía. Un neumático que ha empezado a perder presión; un fallo en la suspensión; la carga mal distribuida que afecta a la adherencia... es el contacto con el volante lo que primero
nos pone sobre aviso.
Postura correcta en el asiento.
Cinturón de seguridad bien ceñido en la zona pélvica. Espalda pegada en todo momento al respaldo de la butaca. Las
dos manos, siempre enfrentadas y sujetando el volante. Ningún otro peso que no sea el de los propios brazos debe gravitar sobre el volante. Cuando pisamos el freno, el embrague o el acelerador debemos hacerlo sin forzar la postura ni separar los hombros del asiento. Las rodillas ligeramente dobladas y, para terminar, concentración, mucha concentración.
Un automóvil recorre 33 metros en un segundo a 130 km/h.
¿Cuantos segundos empleamos y cuantos metros recorremos a esa velocidad hasta comprobar en la pantalla del móvil quién nos telefonea?
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